La Tienda de Horas

Fue a la tienda que tanto le habían recomendado, porque según sus fuentes, era el establecimiento perfecto para ella.

Su pelo verde se peleaba con el viento, su lengua jugaba con el pircing que decoraba uno de sus labios, y su falda negra, bailaba al ritmo de la lluvia. Toda la sombra de ojos negra que se había pintado con anterioridad se deslizaba por su rostro por culpa de la tormenta. Hacía tiempo que no se sentía tan viva, por fin algo la ponía nerviosa. 

El crujir de una rama la despertó de sus ensoñaciones, y decidida, cogió el picaporte de la puerta y se dispuso a entrar. La tienda era algo pequeña, y lo curioso de esta, es que sólo había relojes de todo tipo por todas parte. Un anciano que parecía el dueño del lugar, estaba sentado en el suelo jugando con un reloj de cuco, cuando se dio cuenta de la presencia de su nueva clienta la miró divertido. y de repente, empezó a corretear de un lado a otro con una mueca de desagrado en su rostro.

  -No sabía que ibas a venir tan pronto. Te esperaba mucho más tarde, se habrá estropeado otra vez el reloj de cuco -dijo el anciano.

  -¿Perdone? - eplicó ella.

  -Es que siempre llegas tarde, ¿verdad Elí? Aunque desgraciadamente siempre has llegado demasiado temprano- contestó el hombre con una gran sonrisa. 

Elí no supo que decir, se quedó petrificada, ¿a caso él sabía lo qué estaba buscando?

  -Verá... -comenzó diciendo Elí- Vengo...

 -Sé a por lo que vienes jovencita -le interrumpió el anciano.

  -¿Ah si?

  -Sí -la contestó- Quieres recuperar tu tiempo. Es lógico que hayas venido a mi tienda, la Tienda de Horas es el único sitio dónde tratamos con temas tan... delicados. Ahora vengo, un segundo.

La joven vio como el hombre desaparecía detrás de un mostrador (del que ella no se había fijado con anterioridad). Tras unos minutos el anciano trajo consigo un pequeño reloj de bolsillo.

  -Aquí tienes Elí -dijo el anciano tendiendo a la joven el objeto.

Era un reloj verde, con pequeños detalles y algo oxidado. Sus manecillas no se movían aunque parecía que sonaban sus engranajes.

-Creo que no sabe lo que quiero -dijo la joven impaciente.

-Elí este es tu tiempo, en tus manos tienes tu vida. Sé que quieres tener lo que no has tenido. Tuviste que dejar de ser una niña, llegaste demasiado temprano a la edad adulta de forma obligada. 

La joven no sabía que decir, incrédula miraba sin pestañear al pequeño reloj que sostenía.

-Elí el tiempo no vuelve.

-¿Entonces para qué me ha servido venir hasta aquí maldito anciano? -contestó ella sollozando.

-Para que te des cuenta de que a pesar de que yo consiga vender horas a un alto precio, tú nunca vas a poder ser una niña. Eres una humana, es decir, eres un proceso de ser que cuando llega a ser, deja de serlo. Eres cambio, no puedes volver hacia atrás porque eres algo continuo -respondió el anciano.

-No te comprendo -replicó ella.

-Cuando los humanos llegáis a vuestra última etapa, es decir, cuando ya sois un ser completo, morís; por eso monté está tienda, para que todo el mundo consiguiera el tiempo necesario para cumplir su objetivo. Yo sólo añado más tiempo, no lo retrocedo, y si vendo horas, es para ese único fin, no para otro.

-Sólo quiero vivir lo que no he vivido, ¿tan difícil es comprenderlo? -dijo la joven apretando con fuerza su reloj.

El anciano sintió compasión, para él los humanos eran pequeñas chispas llenas de vida que se desvanecían de forma rápida y ruidosa.

-Querer vivir del pasado no te permite vivir el futuro. Tus engranajes funcionan, tus manecillas no. Tu problema no se soluciona a través de un agente externo, yo no tengo la respuesta. Elí si quieres vivir lo que no has vivido, empieza a vivir lo que aún puedes. De ti depende que se muevan las manecillas, yo no puedo hacer nada al respecto.

Ante las palabras del anciano la joven le miró a los ojos algo incómoda.

-¿Y bien? -comenzó a decir él- ¿Piensas lamentarte durante toda tu pequeña existencia o vas a darle a ese reloj cuerda? 

Elí comenzó a temblar, y asustada, dejó caer el reloj al suelo. 


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