Naevia y Fayna

Había visto a la bruja, una y otra vez, hablar a solas y revolotear alrededor de Dirion, era la típica persona que al verla, parecía que no tuviese preocupaciones, y eso, era algo que le molestaba bastante, aunque sinceramente le bastaba con verla perdida en su locura para poder volver a sonreír y morderse los labios con placer: observarla hablando sola y la consecuente reacción negativa e inesperada de la gente, hacía que su cuerpo se encogiera con gusto.

Todo eso le hacía bastante gracia hasta que sus ojos se encontraban con los de la bruja, que la miraban con compasión y lograda ternura. Lo que más le molestaba, es que mientras la observaba con fijación, articulaba lentamente con sus labios un logrado "Fuego", que conseguía que la ira de Naevia creciera hasta limites insospechados, pero ésta no podía perder el tiempo en banales trucos de magia, tenía algo más importante en mente. 

Poder, glorioso poder, juego limitado únicamente a los hombres, esas personas que te declaran amor y luego se van de putas, maltratándolas y humillándolas, consiguiendo ese escaso poder en el juego del sexo que por supuesto, no lo hacen con sus mujeres, porque a éstas se las respeta. Naevia se reía ante ese pensamiento, los hombres nunca fueron un misterio para ella.

Aunque tenía en mente que en realidad la felicidad estaba sobrevalorada y que no importaba, muchas veces los recuerdos de un cepillo peinando su pelo, o el hecho de fijar su mirada en la suya propia en el reflejo de un estanque o en el de un trozo de cristal, la atormentaban, pero el fuego se abría paso en su mente, destruyéndolo todo, y fijando otra vez su cometido en la vida: vivir por todo lo alto y no perder el tiempo en cosas triviales como su propia esencia humana, y sobre todo, disfrutar observando como la moral de los demás se rompía en pedazos, persiguiendo objetivos tales como hacer cumplir la justicia, y que luego todo su esfuerzo fuera en vano. La justicia no podía existir en un mundo tan imperfecto.

-Debe ser triste eso de estar permanentemente muerta en la hoguera de la que huiste -susurró Fayna a su oído- puede que al fin y al cabo, yo no sea tan distinta a ti, mujer del pelo de fuego, ¿Verdad Viento? No, no, Viento, no estoy de acuerdo contigo, es lógico que su pelo sea así, porque era la advertencia que no escucharon... Que tú seas viejo no significa que seas sabio. ¡No! ¡Sé leer y escribir y por lo menos puedo hacerlo, no como tú qué eres incorpóreo! ¡Estamos discutiendo, no huyas, siempre me haces lo mismo! ¡Un día voy a controlarte a la fuerza y no te va a hacer ninguna gracia! ¿¡Me oyes!?

Fayna se alejó de allí persiguiendo algo que no se podía ver, riéndose mientras gritaba furiosa, con esa voz dulce que la había perturbado. Fuese quién fuese esa bruja, pagaría con creces el malestar que le estaba causando en un futuro, pero ahora, tenía que escuchar detrás de las puertas, manchar cartas con veneno, o insinuarse a cualquier idiota que tenga información que la interesara, y si tenía suerte, a lo mejor cazaba una gran mosca.

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