Pues que coman pasteles

 -Señora Expósito, ¿nos escucha?


Vuelve la conciencia otra vez a mi cuerpo, de rebote, sin pedir permiso. 


Hace tiempo que estoy cansada, tan cansada, que mi alma ha aprendido a salir de mi cuerpo para elevarse y olvidarse de la sofocante realidad.


Mi empresa, o más bien dicho, el problema que he heredado de forma generacional y que nos atormenta a los Expósito desde tiempos inmemoriales no va del todo bien. Parece ser que por desgracia, los pasteles ya no están en auge y los cumpleaños que eran nuestro fuerte han cambiado. La gente ya no celebra el estar vivo alrededor de una mesa con las velas correspondientes, ahora prefieren ir a conciertos, jugar al pádel, o hacer cualquier otra actividad que se pueda salir de lo convencional. Siempre he odiado a los modernos.


-La solución es el ojete de castor.


Un segundo.


-¿Disculpe?-logro farfullar.


El labio inferior de la sonrisa de un blanco artificial alarmante empieza a temblar:


-Le comentábamos que para abaratar los costes de la producción se ha descubierto que el ojete de castor segrega una sustancia que sabe igual que la vainilla por lo que nos ayudaría a que los números fuesen más redondos y la empresa no entrase en quiebra.


Ahora entiendo a los modernos.


-¿Me está diciendo que para que esta empresa no quiebre tengo que vender pasteles contaminados con el ojete de un animal que solo he llegado a ver a duras penas en un zoológico?


La sonrisa artificial se gira a otra sonrisa mucho más forzada y sintética. Los labios de esta no tiemblan, aunque sí se ven algo más forzados que los anteriores:


-Sí


Sé que en la familia Expósito ha habido un poco de controversia con los animales. A la gente le gusta hablar e inventar, que me libre Dios de ser una cotilla más, pero se dice, que en tiempo anteriores (de donde vienen todos mis putos problemas), un tío lejano mío tuvo una aventura con una cabra. Si lo pensamos bien los ojetes de cabra siempre han sido venerados en las zonas rurales de nuestro país, han sido grandes confidentes y refugios de los hombres más perturbados posibles, ayudando en muchas ocasiones a qué la vida del pueblo fuese posible, pero, de ahí a vender tartas de ojete de castor considero que hay un pase.


-¿Y bien? -dijeron las dos sonrisas asquerosamente blancas.


Ojete de castor... ¿Quién habrá sido el primero en comerle el culo a ese animal? ¿Qué clase de lunático no tuvo a mano una cabra?


-Me parece bien, siempre y cuando me compren la empresa.


Un alivio general recorre la sala. Las sonrisas de plástico parecen darse la mano y firman a prisa los documentos de la mesa... La incipiente culpabilidad que parecía nacer de mi cuerpo se disipa. Total, qué más da. Yo hace años que no celebro mi cumpleaños.

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