Mi gente

Japón vestía ya los colores primaverales, parecía que todo el mundo tenía algo que celebrar menos yo; hoy era mi cumpleaños, y no tenía a nadie de mi familia cerca.


Mi vida aquí no estaba tan mal, me llevaba bien con mis compañeros de trabajo, y la cultura me fascinaba. No podía evitar sorprenderme ante los altos edificios que vivían tranquilamente cerca de los templos, también me chocaba aquellos parques tan limpios y cuidados que distaban mucho con algunos parques de España. Pero una de las cosas que más me gustaba, qué duda cabe, eran las tiendas. Podías encontrar todo tipo de artículos, el que te imaginases, o el que no, para cualquier tipo de cosa, aunque a veces si te soy sincera, llegaba hasta asustarme.

Hace ya dos años que tuve que irme de mi país de origen para acabar en el del “sol naciente”, dejando atrás amistades, familia, y mi novio, el cual hace poco se colgó el prefijo de “ex” en su cuello.

Así que no era un día para celebrar nada, fui a mi curro como siempre, donde allí me felicitaron inclinando la cabeza, no te creas que hubo dos besos o algún abrazo. Cuando fui a tomar algo con algunos compañeros, nada de cervezas ni pinchos de tortilla… me regalaron una cesta de frutas. En fin, nada de tartas, ni de música, ni de regalos, ni la comida de mi padre, ni el tirón de orejas de mi madre. Nada de nada, hoy no era un día para celebrar.

Cayó la noche, y volví a mi apartamento. Agotada, intenté ir directa hacia la cama, pero una llamada de skype me sobresaltó en mí caminar triste y pesado. Me acerqué al ordenador, y allí estaba mi fiesta. Todos se habían reunido para que sus caras aparecieran en una pequeña pantalla, no faltaba nadie. Mi gente había decidido realizar una pequeña revolución social sin darse cuenta.

Lloré, lloré porque había tarta, comida de mi padre, tirón de orejas virtual de mi madre, música, y una verdadera celebración. Lloré, porque me iban a enviar ese libro que perdí con diez años, ellos sabían que ni por asomo debían regalarme una cesta de frutas.

Miré la escena como quien mira un sueño, saboreé cada segundo de esa llamada. Deseaba con todas mis fuerzas poder volver, pero hasta que no se solucionase el paro, y todos los desbarajustes económicos, no podría dormir en mi verdadera cama. Ojalá mañana al levantarme España se convirtiera en el país que fue, pero por ahora, tendré que conformarme con dormir abrazada a mi portátil… a mis amigos, a mi familia.

Este es el relato del concurso donde era necesario hablar de Japón.

2 comentarios:

  1. Nada de alcohol ? en serio ? se que alla luego del trabajo ,que por cierto se lo toman muy a pecho, van y se toman unos buenos tragos casi a diario .O esos amigos son muy mogigatos o no se pero bueno ,el sabado es dia de descontrol creo. Al menos se puede pedalear sin parar siempre jajaja

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me refería al tapeo de caña y pincho, no que no beban. Espero verte pronto por mis lares :)

      Eliminar