Invisible

Llueve, llueve a pesar de que el cielo no llora y ni siquiera hay charcos. Me paseo solo, por las calles de una ciudad enorme, y poco a poco me siento pequeño, pesado.

Respiro ese aroma a azufre y a pecado que vive en cada esquina y se desprende de las ventanas de los hogares donde todos fijen ser familias felices. Mis pulmones se llenan de cristales, y cada vez que doy una calada al aire, siento que sangran. Duele.