Su rareza

Todavía le recuerdo, eran de esos poetas que no necesitaban rimas, que vivían la vida como una persona hambrienta de historias. Un día, descubrí un gran secreto, el mayor de todos los que le atormentaban: su alma no vivía en todo su cuerpo, estaba encerrada estrictamente en sus manos.

Cuando descubrí esa extraña situación, no pude evitar mi curiosidad, y por ello, le atosigué a preguntas. Él me explicó que su alma llegaba tarde en el encuentro con su cuerpo. En el momento de su nacimiento, por muchos golpes que le daba la doctora, él no echaba ni una lágrima, por supuesto, su alma, al ir con tantas prisas, se despistó y sólo pudo colocarse en sus manos en vez de extenderse por todo su cuerpo. Yo le miré asombrada, era la primera vez que conocía un alma tan... imperfecta, que yo sepa, las almas no son impuntuales.

Me enamoré perdidamente de él, no pude resistirme a su rareza. Cuando me besaba, prácticamente no sentía nada, pero todo era distinto  cuando por ejemplo me apartaba un mechón de mi cara: sentía como si el pelo se me rizaba poco a poco y unas cosquillas alegres revolotearan por mi cabeza. Para hablar, no hacía falta que usara palabras, poco a poco conmigo dejó de comunicarse a través del lenguaje oral... Ojalá lo hubierais visto con vuestros propios ojos, con los movimientos de sus manos, era capaz de dibujar en el aire las palabras que su voz no entonaban. Sus caricias, Dios, sus caricias, estas me hacían pisar el mismo paraíso y sentía que todo mi cuerpo se estremecía con el recorrido de sus dedos.

Él era muy feliz, y a mí sin lugar a dudas me hacía feliz, pero como siempre, todo cambia, todo se destruye, se renueva, se transforma, y aquel poeta que hacía versos con sus manos y sonreía con el tamborileo de sus dedos, se volvió gris, triste, pesado, y dejó de usar su lenguaje para usar la voz. 

-¿Qué es lo qué te ocurre? ¿Por qué tu alma ya no grita o baila?

+Se ha ido. Mi alma se ha ido.

Esa fue la última conversación que tuve con él. En ese momento, temblando, agarré sus manos entre las mías, ahora estaban azuladas, frías, débiles... ¿Muertas?  

-¡No puede ser!... ¡Pero si no está aquí!, ¿dónde...?

Unos ojos vacíos me miraban pidiendo ayuda, aclamando a gritos que alguien le salvará del abismo que ahora mismo tenía en su interior, pero desgraciadamente el único que podía salvarse de esa situación era él mismo, encontrando, donde quiera que estuviese, su alma... "¿Tal vez en su corazón? ¿En su cabeza?", me preguntaba repetidamente. Nunca supe la respuesta.

Después de ese día desapareció, lo único que sé a ciencia cierta es que él estaba muerto en vida, y que fui testigo de la eterna batalla entre la Vida y la Muerte que estaba aconteciendo en su cuerpo, en el mismo instante en el que le devolví la mirada. No podré borrar de mi mente esos ojos vacíos nunca... Nunca.


2 comentarios:

  1. Hermoso. Te añado a mis blog cotidianos. Saludos.

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    1. Muchísimas gracias. Es un placer que me leas. Un beso, espero verte pronto *-*

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