La historia típica

  -Me topé con un pájaro enjaulado que sabía de su suerte. Amaba a su cárcel, adoraba los barrotes que le sostenían. Por una parte perdía muchísimo, pero por otra, su vida se volvió muchísimo más cómoda. Todo en él era rutina.

El bar estaba prácticamente vacío, y la mujer con la copa en la mano, sostenía la mirada al barman, mientras este de forma típica, limpiaba la barra escuchando las palabras de la persona anónima que contaba su historia. Todo parecía sacado de una película americana o de una novela dónde el individuo afectado, ahogaba sus penas en alcohol. Esta situación provocaba un aura más triste y artificial al ambiente. 

  -¿Sabes? -continuó diciendo ella- Es un poco triste presenciar, como una persona enjaulada comienza a quererte, y tú no puedas corresponder sus gritos. Se complicó todo demasiado... Él no quería buscar su llave para salir, pero si quería que yo entrara en aquellos barrotes que tanto temía. Me lo pensé, eso es cierto, estuve a punto de cometer la locura de abandonarme en su cómoda vida, pero eso no era lo que me definía y no quería olvidar lo que yo era en realidad... ¿Y qué era en realidad? Una valiente que prefería sumir sus penas en alcohol, vivir intensamente el resto de vida que le quedaba, y no estar atada a ninguna cadena. Él me ataba por partida doble. 

La mujer respiró profundamente, y cuando parecía haberse llenado los pulmones con todo el aire de la sala, prosiguió con su monólogo:

  -Así que huí de él. Viajé, me paré varias veces en el camino... Aun así su figura siempre estaba presente, allí a donde fuera él venía conmigo. Entonces comprendí lo que significaba esa enfermedad a la que llaman amor y la que ahora tanto me repugna.

El barman levantó la cabeza, y con la mirada acuosa, preguntó con la voz entrecortada:

  -¿Qué ocurrió después?

La mujer comenzó a acariciar el rostro del hombre mientras varias lágrimas recorrían su mejilla:

  -Volví a la ciudad a buscarle. Me dijeron que él trabajaba en un bar donde ponía copas. Quería verle, besarle, quería que por una noche toda mi vida fuera distinta y encontrar el porqué de mi gran tristeza.

El barman dejó de limpiar y sonrió tristemente. Con un hilo de voz dijo:

  -¿Y qué pasó?

La mujer sacó un pañuelo, se secó las lágrimas, y se levantó del taburete:

  -Que entendí que hace tiempo había entrado en su jaula cuando comencé a sentir cosas por él, aunque yo no quisiera, y esta, me perseguía en forma de dudas y remordimientos. Que necesito por todos los medios que él me devuelva las llaves de mi libertad, esas que me arrebató hace años. Además, por una vez en mi vida, necesito cometer un error antes de volver a lo que era cuando salga por esa puerta. Así que por favor, antes de que vuelva a desaparecer con mis llaves, bésame. Estoy harta de vivir con esa duda. 



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