Fayna e Isabella

-Fayna, debes tener cuidado- dijo Isabella- esto no es territorio para nuestra… clase. Ya sabes a lo que me refiero.

La joven estaba riéndose a pleno pulmón y correteando entre los bancos de la iglesia cuando oyó la réplica de su maestra. La bruja miró detenidamente a Isabella poniendo una mueca de desagrado y parando en seco su actividad enérgica, ¡Qué aburrido eran los miedos instintivos! ¿Por qué tener cuidado en un sitio que desprendía historias a raudales? Lo mucho que les podía pasar es que salieran ardiendo por el agua bendita o por un cura bondadoso que ante salmos y crucifijos, les mandara a la hoguera para salvar sus almas, ¿Pero qué tiene de malo? ¿Eso no es la muerte qué toda bruja desea?

Resoplando, se tumbó en el suelo y posó sus ojos en los frescos de las bóvedas. Durante largos minutos comenzó a imaginarse lo divertido que sería borrarlos y dibujar por encima de estos nubes y estrellas. El techo era el territorio del cielo, no de las fantasías y divagaciones de la gente de la tierra, por lo tanto, allí no había cabida para ese Dios pintado con ángeles que le gustaba que a su hijo le clavaran a dos trozos de madera. A Fayna eso le enfurecía un tanto, aunque había aprendido a respetarlo, cada cual se alimenta de la locura que le parece más atractiva.

Isabella sacó un pequeño frasco dentro de todos los que había en los bolsillos que había estado portando durante su viaje. Se acercó con cautela al cuenco donde reposaba el agua bendita, eso iba a ser un trabajo bastante duro y peligroso y sentía que no estaba preparada para ello, y de repente, comenzó a dudar: “¿Seguro qué el agua bendita no le iba a hacer nada?” A pesar de no creer en esa sarta mentiras, no podía evitar estar asustada. Agotada, decidió tranquilizarse, necesitaban agua bendita para la feria o eso le había dicho la pequeña bruja, pero claro, cualquiera se podía fiar de sus visiones, a veces era mejor no escucharla.  

“¿Félix estará bien mientras nos encontramos en este horrible lugar?” Se preguntó Isabella agitada. No es una buena idea escaparse en plena noche a una iglesia mientras el III Hijo del Dragón duerme, por los asaltos y demás criaturas que les gusta hacerse notar, pero bueno, no se le ocurrió un plan B.

-¡Isabella mira! ¡Mar se ha escapado y ha acabado en un cuenco!

La bruja maestra se despertó de sus ensoñaciones, y en unos segundos que se les antojó como horas, vio como Fayna metía las manos en el cuenco y comenzaba a lavarse la cara con el agua.

-¡Fayna por el amor del cielo! ¡Cuidado insensata qué es agua bendita!

Cuando la pequeña bruja levantó su rostro, Isabella vio que no le había ocurrido nada.

-¡Pues qué estafa, esto está mal bendecido! ¡Cura del lugar! ¡Ven! ¡Qué nos tienes qué bendecir esto!- comenzó a gritar Fayna mientras chasqueaba los dedos.

-¡Fayna! Maldita bruja del demonio. Nos vas a meter en un lio.

-¡Está mal decir demonio en la Iglesia! ¡Vas a ir al infierno!

Ante la última frase, Fayna se empezó a reír, a veces le salía bien eso de ser graciosa. Cuando Isabella la iba a castigar encadenándola con grandes tiras de musgo a una de las columnas que separaban la iglesia en tres alas distintas (por cierto, su hechizo favorito), oyó como las puertas de la iglesia se abrían lentamente.

-Así que jugando en la Iglesia sin mi permiso.

Una voz masculina se hizo eco en el lugar.

-Fayna ven aquí despacio y con cautela- dijo Isabella mientras levantaba lentamente la palma de su mano hacia la dirección donde surgía esa anónima voz.

-Perdone señor, pero estamos ocupadas, tenemos cosas que hacer- dijo la bruja aprendiz de forma alegre.

Fayna le quitó el frasco a Isabella, y volviendo al pequeño cuenco, sumergió el frasco en sus aguas para llenarlo como hace un momento había querido hacer su querida maestra.

-Un placer- gritó Fayna mientras decidida intentaba salir por una vidriera que acababa de romper.

-¡Eh pequeña! ¡Será mejor que te estés quieta! ¡Voy a mandarte al infierno en nombre de Dios y en el de mi Iglesia!- contestó la voz extraña.

“Que aburrido, otro cura” pensó Fayna “No había manera de irse siempre de los sitios de forma educada”

-Pues nada maestra todo tuyo- dijo la pequeña bruja mientras se acercaba a Isabella con una mueca de aburrimiento y sujetando un cristal de la vidriera que se le antojaba demasiado brillante.

-Será un placer- susurró Isabella.


De repente, la iglesia comenzó a temblar. 


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