Alma libre

Al mirar al vacío otra vez dijo "¿Por qué no? ¿Quién se lo impedía?" Sólo encontró una respuesta cristiana ante estas preguntas, el pecado, aquel que mandaba en su propia existencia. Quería liberarse de la cárcel que su propia mente había construido para su alma, y eso en la fe cristiana, suponía una eternidad de torturas.

Estaba bastante alto, tenía miedo, sus piernas temblaban y sus ojos hinchados mostraban valentía y cobardía al mismo tiempo. ¿Qué es lo qué le podía esperar al otro lado? ¿Y si se equivocaba? ¿Y si se pasaba una eternidad encerrada en aquella cárcel de la que huía?

El aire enredaba su pelo largo y castaño, estaba poco cuidado, hacía mucho tiempo que su imagen la daba igual. Al mirar al frente vio un árbol, y cerrando los ojos con fuerza, comenzó a imaginarse lo que le esperaría tras su muerte: Su alma era libre, feliz, ligera, no tenía cadenas ni piedras en su estómago que la hacían caer, su alma ahora era capaz de volar. Podía jugar con el viento, conocer al tiempo y jugar como la niña que nunca ha sido. Tenía la posibilidad de viajar a donde quisiera y conocer a otras almas libres. Podría estar por fin en paz consigo misma. 

Después de todo, sabía que esto era lo que tenía que hacer, y por fin, comenzó a ser humana: volvió a sentir su corazón latir, su sangre ahora le daba calor, sus manos extrañamente  ya no estaban frías. Con una sonrisa como hacía tiempo no había decorado en su rostro, miró hacia el suelo, y entonces, se dejo caer.

...

Sintió como una mano invisible le aferraba la muñeca que impedía así su descanso. Comenzó a luchar contra ella, en ese momento era lo que le impedía alcanzar la libertad. De repente oyó un grito en sus oídos, una disculpa, un abrazo, una petición, y numerosos "Perdóname por haberte hecho esto". 

Un libro de la estantería del salón se desplomó al suelo simulando la caída que segundos antes iba a ocurrir. La joven cogió el objeto, y al abrirlo, supo al instante algo que nunca podría haberse imaginado, sintió que le debía mucho a la mano invisible que le había salvado, porque con el paso de las hojas y empapándose de la lectura, su alma por fin pudo ser libre. 


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