Vaciar el mar con un dedal

Tenía un dedal en la mano y ante mí sólo había un mar inmenso. Miles de personas sonrientes en la orilla de la playa cogían su dedal e intentaban vaciar el agua de ese sin fin de olas. No pude evitar fijarme en que sus dedales eran distintos: unos eran lujosos (hechos de oro, plata y miles de piedras preciosas), otros eran sencillos (hechos de madera o resina), algunos eran pobres (hechos de papel, barro, o tela), y otros sencillamente estaban decorados (con falsas piedras, pintados de falso oro y de falsa plata) Lo que no comprendía era el porqué de mi dedal: este era frío, áspero, de oxidado acero, y me hacía entristecer con sólo mirarlo.

Cuando estaba en la orilla no me hacía feliz el hecho de intentar vaciar el mar a pesar de las sonrisas que habían en el ambiente. Yo comprendía que el mal que mojaba mis pies no se iba a ir si intentaba vaciarlo con ese instrumento tan pequeño. Una noche mientras todas las personas sonrientes encontraban su sueño, bajé al mar, y ante la luna, pedí un deseo: "Por favor, hazme encontrar la verdadera solución ante mis demonios"

Me desperté por el vaivén de las olas, el sol me quemaba la piel, y cuando me quise dar cuenta, comprendí lo que había ocurrido: me había hecho muy pequeña y ahora viajaba dentro de mi dedal sin rumbo, en el gran océano que todos queríamos vaciar ayer. Lo único que pude vislumbrar al asomarme por mi nuevo barco era como me alejaba poco a poco de aquellas personas felices, lo irónico del asunto es que desde aquí no se podía vislumbrar ninguna sonrisa. 

Las noches golpearon mi barco, el acero me quemaba la piel, peleé contra un gran pulpo, el frío me atormentaba en las sombras, el agua salada bañaba todos los días mis grandes heridas. Lloré, reí, me enfadé conmigo misma e incluso me odié. Vi cosas que ninguna de las personas de la orilla ni siquiera podrían imaginar, acaricié la parte más azul y profunda de mis demonios, bailé con mis miedos, temblé de frustración, me enamoré de un fantasma. Abracé a la soledad. 

El viaje infinito me hacía añorar las facilidades de esa orilla: fingir que todos eramos felices era lo más sencillo, porque esto era cierto, todos fingían... aunque lo cierto es que a pesar de mis lágrimas, gritos y frustraciones puedo decir una cosa que ellos nunca podrán decir: con todo el dolor que atormentaba mi alma fui capaz de sonreír de verdad, y sintiéndolo mucho, no lo cambiaría por nada en el mundo.

En los malos momentos sólo había sitio para levantarme, en las peores caídas sólo había hueco para el coraje, en mis amargas lágrimas sólo había pensamientos de esperanza... y en mis ácidas frustraciones sólo pensaba en la respuesta que tanto deseaba.

Un día cualquiera, de un mes cualquiera, de vete tú a saber que año, me volví a despertar en la playa sujetando mi dedal con fuerza. Vi a todos intentando vaciar otra vez el mar, y ante mi sorpresa, encontré la respuesta inerte que ellos no podían ver más allá de sus sonrisas:

No se puede solucionar los problemas huyendo. No puedes vencer a los demonios si no eres capaz de mirarlos a los ojos y ponerte a bailar con ellos. 

Sí la vida te otorga con el peso de llevar un dedal, está en tus manos darle el uso correcto, pero desde aquí solo puedo decir que vaciar el mar con un dedal es erróneo, que ese mar va a estar siempre con nosotros, y según como lo mires, podrás disfrutar con él o simplemente sonreírle de miedo. 

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