Sofía

Todos los días a las 7:30 am me levanto para ir a la escuela dónde paso la mayor parte del tiempo sola aguantando a la pesada de mi "compañera" Paola y a sus queridas amigas. Ellas no paran de molestarme y finjo que los insultos que me regalan simplemente son palabras que no me afectan, pero en realidad, se me hacen un mundo. Todos los días en el recreo me refugio en la biblioteca ya que siempre suele estar vacía, es mi hogar, allí nadie puede molestarme.


Cuando terminan las clases vuelvo a casa y como lo más rápido posible para ir a la escuela de pintura. Aunque dibujar es mi afición en estas clases también tengo que soportar el hecho de estar sola, aunque aquí no soy molestada, no puedo evitar observar como mis compañeros y compañeras hablan y entablan amistades entre ellos.

...

 -Mamá ya estoy en casa. 

 -Hola hija -me responde ella desde la cocina-. ¿Qué tal el día?

  -La verdad es que no me encuentro nada bien, me duele bastante la cabeza.

 -¿La cabeza? -me pregunta preocupada acercándose a la puerta principal dónde me estaba descalzando y quitando la chaqueta-. Mañana en vez de ir al instituto vamos juntas al médico, ¿vale?

...

  -Sofía, ¿quieres hablar esto en privado? A lo mejor la información que quiero mostrarte es algo personal y no quieres que tu familiar se entere -dijo mi doctor mirando a mi madre desde su escritorio.

Yo asentí a pesar de la mala cara que puso ella. Después de que abandonara la consulta, mi doctor prosiguió con la conversión:

  -Verás Sofía esto es difícil de decir...

  -¿Tengo cáncer? -dije sin pensarlo, había visto muchas películas y siempre solía ser así el momento en el que transmitían al enfermo la noticia.

  -No -respondió algo aliviado-. Tienes algo diferente -dijo mirándome fijamente mientras guardaba la resonancia y los distintos informes acerca de mi caso en uno de sus numerosos cajones. 

  -¿A qué te refieres?

  -Sofía... ¿Sabes lo qué es una enfermedad mental? Muchas personas hoy en día padecen de alguna de las numerosas enfermedades mentales que existen. Según lo que me has contado, parece que tienes lo que se conoce como una depresión: No te encuentras a gusto con nada, ni siquiera tus aficiones te llenan, te frustras enseguida, te cuesta relacionarte, tu día a día es muy duro... Ni siquiera tienes apetito. Son síntomas claros de esta enfermedad, aunque claro para salir de dudas, te enviaré a un psicólogo ¿Vale? Y no te preocupes, esto no es nada del otro mundo. Tú sal y conoce gente, eres joven, sonríe y te irá todo mejor. 

...

  -¿Depresión? Esto ya es el colmo. ¿Qué gilipollez es esa? Esos doctores ya no saben que inventarse para sacarnos el dinero. Nuestra hija está muy sana, déjate de idioteces, no pienso pagar un psicólogo para que la niña deje de llorar, ¿qué llora? Pues que llore, todo el mundo lo hace. Esa cría lo que necesita es una escuela dónde la enseñen con mano dura lo que es la vida de verdad así si tendría motivos para llorar. ¿Tan difícil es? Lo que tiene que hacer es salir y conocer gente, sonreír y estudiar como todos los niños normales de este puto mundo.

Sólo oigo la voz de mi padre desde la cocina, entre las sábanas intento reprimir mis lágrimas, parece muy cabreado y tengo miedo a que me oiga. Después de los gritos, escucho un fuerte golpe en la puerta principal. Mi padre se ha ido, sé que ya no volverá más.

...

  -Bueno Sofía, está claro que tienes una depresión. Hemos estado hablando yo y una psiquiatra del centro y hemos decidido mandarte estas pastillas. Yo al ser psicóloga no puedo recetarte medicamentos, espero que no te moleste que la haya consultado. Verás, esta medicina no debe asustarte, no tiene nada de malo, será un empujón, te mantendrá contenta y llena de energía... Y por las noches, ¿ves estas otras pastillas? Pues estas harán que te duermas completamente y no tendrás motivos para estar con insomnio. Tú sal y conoce gente, diviértete que no es tan difícil como tú crees. Hasta la próxima semana. Y recuerda, sonríe.

...

Todos los días me levantó a las 7:30 am, me preparo para ir a la escuela y me tomo mi medicación. Allí me paso todas las clases sola y tengo que aguantar a mi "compañera" Paola y a sus amigas, aunque finjo que sus insultos no me afectan, para mi se me hacen todo un mundo. En los recreos voy a la biblioteca, es mi hogar y mi refugio, allí nadie me molesta.

Después de las clases corro para comer deprisa, tomarme la medicación e ir a pintura. Allí sigo estando sola, y aunque nadie me molesta, tengo que observar como mis compañeros y compañeras entablan amistad, nunca se me ha dado bien eso de tener e iniciar relaciones sociales.

Al volver a casa ceno y me tomo las pastillas de la noche. Comienzo a marearme y siento que mis párpados pesan, aunque lo que no quiero es dormirme esta medicación me obliga a caer en un profundo sueño.

...

Sábado por la mañana, sola, sin nada que hacer me tomo la medicación. Cojo un cuchillo, no me atrevo a cortarme. 

Miro a través de la ventana y veo el exterior, en pijama me acerco a la ventana, me subo a la cornisa y mis ojos se posan en el suelo. Sólo un paso más y caeré al vacío, terminará todo. No lo hago. Lloro y el mundo se me viene encima.

Mi corazón empieza a bombear más deprisa la sangre. Siento como me falta la respiración. Empiezo a tener un ataque de ansiedad, no puedo evitar pensar en la locura que iba a cometer, he estado apunto de matarme. El miedo se apodera de mi, un miedo que se podría comparar a que te encerrarán en una habitación sin salida con un tigre hambriento dentro. Empiezo a sudar y corro a por mi medicación. Más tranquila, salgo de casa huyendo de todo, intentando respirar un aire que no estuviera contaminado.

...

  -Hola, ¿te encuentras bien? -una chica se acerca al banco del parque dónde yo estoy tumbada intentando calmar mi respiración.

  -No -la contesto escondiendo mis lágrimas.

  -¿Qué te ocurre?

Unos ojos enormes se fijan en mi, en ellos no veo compasión como he visto en otros ojos, en ellos no veo rechazo ni miedo, no veo nada que haya visto antes, sólo veo ternura e interés. Sin más no pude evitar contarle mi día a día, lo que suponía tener depresión, lo que era estar sola.

  -Yo llevo cuatro años con depresión- dijo risueña cogiéndome de la mano.

La miré incrédula, su rostro de niña pequeña sonreía y sus ojos no parecían estar llenos de tristeza. 

  -¿Cómo la has superado? -la pregunto sorprendida.

  -Yo no he dicho que la haya superado.

Se forma un silencio incómodo, extraño. 

  -¿Necesitas ayuda? -me pregunta con el semblante serio- Yo no soy psicóloga ni psiquiatra, pero te puedo entender mejor que nadie, ¿y acaso no es lo qué nosotros necesitamos? Saber que no estamos solos, tener a alguien que de verdad nos comprenda. 

Comencé a llorar:

  -Si -fue mi respuesta, y sentí que su mano cálida apretaba con mucha más fuerza que antes la mía.

...

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